Aromas y sabores de la niñez



Por esta época abundan en mi ciudad los vendedores de ciruelas criollas, quienes se riegan por toda Valencia con sus saquitos rojos ofreciendo este fruto típico de nuestro país. Caminando esta tarde por la Avenida Bolívar de Valencia me encontré con uno de esos fruteros e inmediatamente le compré una de sus bolsitas, porque es que hacía muchísimo tiempo que no probaba una de estas ciruelas.
Quería que el tiempo pasara volando, terminar de hacer las diligencias que teníamos pendiente y sentarme a probar este rico manjar que me trae muchos recuerdos de la infancia. El olor de fruta fresca y ese dulcito medio acidito trajo consigo muchos aromas y recuerdos que despertaron en mi, como aquellos tiempos cuando pasábamos los fines de semana en Tinaquillo.
Había una pequeña propiedad, justo allí, a unos cuantos kilómetros de Campo Carabobo, donde guardo unos cuantos recuerdos de la niñez y que hoy saben a ciruela criolla, también huelen a mango, porque en aquella casa teníamos cinco árboles entre los que se contaba el hilacho, el manzano y el injerto (así era como lo conocía porque era un mango rozagante, amarillito y con lo cachetes colorados, sin duda alguna una delicia para el paladar), bajo la sombra de eso mismos arbustos se disputaron muchos torneos de bolas criollas y hasta fueron testigos de mis primeras andanzas en bicicleta.
Cuando era la época de mangos hacíamos un paila grandota de jalea que la repartíamos en porciones entre toda la familia para que cada quien se llevara un poquito de este dulce a su casa. Ese patio grandote de La Casa de Tinaquillo –así quedó bautizada hasta la fecha- estaba apertrechado de numerosas matas y árboles frutales que olían también a guayaba dulce, a poma rosa, a aguacate, a cambur, a cemeruca, a naranjas y a ají dulce. También habían algunas plantaciones de yuca que mi abuelo se empeñaba en sembrar y que luego cosechaba para hacer los famosos sancochos a la leña, que después comíamos en las famosas totumas que también hizo él.
Tinquillo también olía a tierra mojada lloviera o no, porque todas las tardes regaban las matas y hasta se echaba agua en la entrada para aplacar el polvo y evitar que entrara a la casa. Nos bañábamos en el tanquecito de concreto que construyeron mis padres y mis tíos con la ilusión de convertirla en una piscina con hidrojet y todo lo demás, y que finalmente terminamos siendo los hijos quines los fines de semana se sumergían en él e inventaban historias acuáticas, allí aprendí a nadar, a pesar de que sabíamos que en las noches los galápagos y las ranas también se echaban sus chapuzones por eso se les escuchaba croar en las noches muy felices y contentas.
También había un riachuelo que pasaba justo en el lindero del terreno. Cuando era caudaloso nos bañábamos allí, pero tuvo sus épocas de sequía y no volvió a ser el de antes. Para bajar al río había que pasar un caminito medio selváticos donde se cultivaban naranjas y limones, en ese pedacito de tierra mis abuelos cazaron sin querer algunas culebritas que pretendían colearse en esos saraos domingueros, también encontraron cahicamos y rabipelaos, siempre tuve curiosidad de ver a uno de estos especimenes, pero me asustaban con el cuento de que era muy peligroso para una niña, hasta que finalmente logré ver a un cachicamito mientras mi abuelo corría para espantarlo, fue el único y no vi a otro más.
En medio de ese festín de olores y sabores, éramos bien genuinos, allí no importaba donde vivíamos, quienes éramos ni qué hacíamos. Era nuestra casa de vacaciones, estaba reservada para los sábados y domingos exclusivamente –y algunos días festivos-; salíamos de la ciudad para pasar esos días de campo. Siempre habrá una anécdota que me haga recordar aquella casita, donde a mis seis años tuve la oportunidad de ver al cometa Halley, en un cielo despejadito y estrellado, lo recuerdo con total nitidez. Esos días jamás volvieron, pero que siempre recordaré cunado vuelva a saborear una ciruela criolla.

6 hormonas comentan:

Mil Orillas dijo...
25 de marzo de 2007 7:04

Ayyyyyyyyyyyyyyy, Crismar, quiero ciruelitas....mmmmmm
En Tinaquillo hay (o había) un restaurate de carnes buenísimo!
Ciruelitas, qué rico!

modes amestoy dijo...
25 de marzo de 2007 11:02

impresionante para un gastrónomo y un poeta como yo.
Buena sonfonía de sabores y olores... No conozco todas las frutas, pero ya me paraecen sabrosas.
Un saludo

J-oda dijo...
25 de marzo de 2007 11:31

Ciruela y mangos, Semana Santa en el Llano, que evocació tan divina. Gracias por traerlos al presente.

Fanmakimaki dijo...
25 de marzo de 2007 13:00

Que rico, que olores tan buenos...hum

Khabiria dijo...
25 de marzo de 2007 19:33

Nada como disfrutar de una riquisima jalea de mango debajo de la mata, con olor a lluvia o a tierra húmeda...que lindos recuerdos Crismar!
Un abrazo
:)

Angeles dijo...
29 de marzo de 2007 16:42

Ciruelas que ricas me encantan...

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